En 2016, un hospital infantil de Gaza tuvo que cerrar durante más de un día por los cortes de luz y la ausencia de combustible para sus generadores.

Un año más tarde, después del huracán María varios hospitales de Puerto Rico tuvieron que posponer todo tipo de intervenciones quirúrgicas y dar el alta antes de lo debido a algunos pacientes, por no disponer de la electricidad necesaria para el buen funcionamiento de un centro sanitario. Además, tanto la ausencia de maquinaria como las complicaciones de desplazamiento condujeron a la muerte a personas que necesitaba conectarse a respiradores o máquinas de diálisis.

Se suele decir que somos esclavos de la electricidad, pero más que esclavizarnos mejora nuestra calidad de vida, hasta el punto de a veces hacerse esencial para la supervivencia. Se puede vivir sin televisión o sin radio, pero en el momento que se apagan los semáforos en una gran ciudad, se desactivan las máquinas de un hospital o los congeladores que nos permitían conservar los alimentos pierden la corriente, esa calidad de vida que el ser humano se ha labrado a base de años de desarrollo tecnológico queda pendiente de un hilo que se debilita a medida que se alarga el tiempo sin suministro. Por eso son tan peligrosas ciertas situaciones, como el apagón que ha sacudido Venezuela durante este mes de marzo. Una situación así no es algo que se soluciones haciendo acopio de velas y las consecuencias pueden ser terribles.

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Alerta en el hospital

Trabajar a oscuras no es fácil, casi independientemente de cuál sea la ocupación. Sin embargo, ese es el más leve de los problemas con los que deben lidiar los profesionales sanitarios que trabajan en centros afectados por un apagón eléctrico de larga duración.

Sin electricidad se complica la tarea de monitorizar a los pacientes, así como aportarles respiración asistida u otros tratamientos, como la diálisis. Tampoco se pueden realizar pruebas médicas, como ecografías, resonancias o radiografías, impidiendo realizar un diagnóstico precoz en caso necesario.

Los desfibriladores y otros aparatos esenciales en momentos de urgencias se vuelven inútiles y se convierte en un problema esterilizar el material con las máquinas que habitualmente se emplean para ello.

Tampoco funcionan los mecanismos empleados para que los trabajadores del centro se comuniquen entre ellos y con los pacientes y, en definitiva, el caos se apodera del hospital.

La mayoría de centros disponen de generadores que abastecen de electricidad al edificio hasta que se solucione el problema, pero estos pueden ser insuficientes cuando el problema se alarga, especialmente si se da en una situación en la que el acceso al combustible es complicado. También algunos dispositivos, como los respiradores, pueden funcionar con baterías, pero estas pueden agotarse antes de que el suministro de electricidad vuelva a su estado habitual.

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Todo esto ocurre en un momento en el que, además, los ingresos suelen ser más frecuentes, pues a las razones habituales se suman los accidentes de tráfico, las intoxicaciones alimentarias e incluso los casos de violencia callejera desencadenados por el caos.

Ojo con la comida

Uno de los grandes avances que ha alcanzado el ser humano como especie ha sido el desarrollo de técnicas capaces de conservar los alimentos y “limpiarlos” de patógenos que puedan provocar enfermedades al consumidor.

Por eso, los cortes de suministro eléctrico en algo tan simple como un congelador o frigorífico pueden afectar negativamente a la salud. En caso de darse de forma puntual, como mucho podría ser necesario cocinar y consumir cuanto antes los alimentos, incluso regalarlos si fuesen demasiados.

Sin embargo, a largo plazo la carencia de electricidad en la industria alimentaria complicaría el abastecimiento de alimentos seguros a la población, ya que no solo se afectaría a las cadenas de envasado, sino también a máquinas encargadas de realizar técnicas tan necesarias como la pasteurización.

Las granjas, así como las grandes plantaciones dedicadas a la cosecha de alimentos para el consumo humano tampoco podrían seguir con su funcionamiento habitual, ya que hoy en día la mayoría de ellas están mecanizadas.
En definitiva, una ciudad sin electricidad es una ciudad a oscuras. Y no solo en el sentido más obvio de la palabra.